Homenaje a Altamirano en el día del maestro

"Homenaje a Altamirano en el día del maestro”

H∴ Comp∴ Mas∴ Luis Raúl Carrasco López

Cd. Juárez, Chih., 11 de mayo de 2010

Siendo Presidente de la República Don Venustiano Carranza, se firmó un decreto oficial en el que se declaraba un día determinado dentro del calendario oficial para homenajear a aquellos personajes que han dedicado sus vidas a la educación. En 1917 dos Diputados del Congreso de la Unión, el Coronel Benito Ramírez García y el Doctor Enrique Viesca Lobatón promovieron la instauración del Día del Maestro, presentando ante el Congreso de la Unión una iniciativa para que fuera instituido en el día 15 de mayo. Siendo aprobada esta propuesta el 27 de septiembre del mismo año, la primera conmemoración del Día del Maestro en México fue el 15 de Mayo de 1918.
Ser maestro no es un trabajo fácil, se necesita mucho esfuerzo, paciencia, dedicación, compromiso y responsabilidad para poder educar, formar y orientar a los alumnos. Y para lograrlo se necesita además de los maestros, la ayuda de los papás y la ayuda de los mismos estudiantes. Además, es necesario tomar en cuenta que el aula no es el único espacio físico que permite al maestro volcar en el alma y en la mente de niños y jóvenes, conocimientos, enseñanzas y valores, basta cualquier lugar, siempre cuando este presente la noble voluntad de hacerlo.
La labor del maestro propicia el desarrollo de las capacidades, habilidades y aptitudes del educando que inciden en la formación del ciudadano mexicano. El maestro también es formador de conciencias, es promotor social, es actor que con su ejemplo invita a la superación personal y a la solidaridad. Lucha contra la ignorancia y aporta elementos que disminuyen el rezago educativo de nuestro país.
Cada maestro, sea cual sea su condición, enfrenta con humanismo la tarea que a sí mismo se ha impuesto y que la nación le ha encomendado: La de educar.
Por tal motivo, encuentro más que propicio este espacio para realizar un pequeño homenaje a un personaje, tal vez desconocido para muchos, pero que fue, como maestro, uno de los precursores del desarrollo educativo en nuestro País.
Me refiero a Ignacio Manuel Altamirano, aquel personaje cuyo nombre quedó grabado en la posteridad en una medalla conmemorativa que entrega el Gobierno a los maestros que admirablemente cumplen 50 años de servicio a la educación.
Este ilustre maestro, Nació en la población de Tixtla, Guerrero, en el seno de una familia de raza indígena pura, su padre tenía una posición de mando entre la etnia de los chontales. En el año de 1848 su padre fue nombrado alcalde de Tixtla y eso permitió al joven Ignacio Manuel, que a la sazón contaba con 14 años, la oportunidad de asistir a la escuela.
Aprendió a leer y a escribir, así como aritmética en su ciudad natal. Realizó sus primeros estudios en la ciudad de Toluca, gracias a una beca que le fue otorgada por Ignacio Ramírez, de quien fue discípulo. Recibió cátedra en el Instituto Literario de Toluca. Cursó derecho en el Colegio de San Juan de Letrán. Perteneció a asociaciones académicas y literarias como el Conservatorio Dramático Mexicano, la Sociedad Nezahualcóyotl, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, entre otras.
Fue gran defensor del liberalismo, tomó parte en la revolución de Ayutla en 1854 contra el santanismo, más tarde en la guerra de Reforma y combatió contra la invasión francesa. Después de este periodo de conflictos militares, Altamirano se dedicó a la docencia, trabajando como maestro en la Escuela Nacional Preparatoria, en la de Comercio y en la Nacional de Maestros; también trabajó en la prensa, en donde junto con Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez fundó el Correo de México y con Gonzalo Esteva la revista literaria El Renacimiento, en la que colaboran escritores de todas las tendencias literarias, cuyo objetivo era hacer resurgir las letras mexicanas. Fundó varios periódicos y revistas como: El Correo de México, El Renacimiento, El Federalista, La Tribuna y La República.
En la actividad pública, se desempeñó como diputado en el Congreso de la Unión en tres períodos, durante los cuales abogó por la instrucción primaria gratuita, laica y obligatoria. Fue también procurador General de la República, fiscal, magistrado y presidente de la Suprema Corte, así como oficial mayor del Ministerio de Fomento. También trabajó en el servicio diplomático mexicano, desempeñándose como cónsul en Barcelona y París.
Pero aparte de todos estos logros y condecoraciones, existe una razón no menos importante para hacer este reconocimiento póstumo. Se inició como masón en los años 70´s en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y el 11 de enero de 1878 llegó a ser electo Gran Maestro de la Gran Logia del Valle de México y pronto llegaría a ser Soberano Gran Inspector del grado 33.

El primer decreto de Altamirano en la organización masónica se expidió el 1º de enero de 1879. Hacia 1884 gobernaba alrededor de 120 logias y llegó a obtener el reconocimiento de autoridades masónicas de España, Rumania, Túnez, Francia, Luisiana y Brasil.

En 1892, obligado por la tuberculosis pulmonar que lo aquejaba, Altamirano hizo un viaje a Italia en compañía de su esposa Margarita Pérez Gavilán, con la esperanza de recuperar un poco las energías perdidas. Su espíritu de artista no pudo haber permanecido insensible ante las maravillas que admiró en aquel milenario país. Seguramente disfrutó lo mismo ante la belleza de los antiquísimos monumentos que el genio romano esparció por toda Italia.

El maestro murió el 13 de febrero de 1893 en San Remo Italia, a la edad de 59 años, cumpliéndose así una de sus frases favoritas: "En 13 nací, en 13 me casé, en 13 he de morir".

En ese lugar recibió su primer homenaje póstumo, por integrantes de una Logia Masónica de ese lugar.

Las cenizas del maestro Altamirano fueron depositadas en una urna pequeña de madera labrada que en sus costados estaban grabados la escuadra y el compás, como correspondía a quien fue en vida un eminente masón, y llevadas a París, luego a Nueva York, después a Veracruz y, finalmente, a la ciudad de México.
Sus restos llegaron a Veracruz el 5 de Junio de 1893, Las cenizas fueron llevadas al Palacio Municipal del puerto donde La Gran Logia Unida Mexicana de Veracruz organizó una velada fúnebre en la que hablaron varios masones sobre sus logros. De Veracruz hacia México el traslado de las cenizas se realizó por medio de ferrocarril.

En Orizaba los integrantes de la Logia del lugar solicitaron que el tren se detuviera para realizar una Tenida Fúnebre.

En Apizaco, la masonería del lugar se reunió en torno del paso del tren, ahí el Gobernador de Tlaxcala Próspero Cahuatzin, a nombre de la Logia, en una pieza oratoria destacó la grandeza del Maestro Altamirano.

El 7 de Junio de 1893 se efectuó la recepción de los restos en la estación ferroviaria de Buenavista de la ciudad de México, donde una gran multitud hizo acto de presencia para rendir su último tributo, la urna fue llevada a la Cámara de Diputados, donde había una nutrida comitiva oficial encabezada por el Presidente Porfirio Díaz y al entrar los restos al recinto, la Orquesta del Conservatorio Nacional de Música ejecutó la Marcha Altamirano, compuesta por el maestro Macedonio Alcalá.

El 10 de Junio a las 10:30 horas se efectuó la inhumación de los restos en el Panteón Francés y el 13 de noviembre de 1934, al cumplirse el centenario de su nacimiento, sus cenizas fueron depositadas en la Rotonda de los Hombres Ilustres en la ciudad de México.

Así terminó la fructífera existencia de uno de los más grandes hombres que ha producido México. Su afán de superación fue constante y decidido; su dedicación al estudio, admirable y digna de ser imitada, y su amor a la patria, demostrado tantas veces con la pluma y con la espada, es una lección imperecedera y ejemplar para todos los mexicanos.